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En la Parashá de esta semana la Torá nos ordena respecto al Mizbeaj (el altar donde se ofrecían los korbanot): “un fuego permanente ha de arder en el altar, no se apagará”. De esta forma los Kohanim tenían que velar por mantener las llamas del altar ardiendo, introduciendo leña, sacando las cenizas, avivando el fuego.
Quién haya encendido una fogata, una parrilla o similar sabe lo difícil que es encender un fuego y que este perdure con fuerza, implica un trabajo considerable. Por el contrario, mantener el fuego encendido siempre es lo más sencillo, un esfuerzo mucho menor que implica básicamente añadir nueva leña, nuevos carbones y sobre todo vigilar para hacer esto antes que sea muy tarde y se apague.
El corazón de la persona es comparado con el Mizbeaj y el fuego es un símbolo eterno de la Torá, Esh HaTorá (el fuego de la Torá). Figurativamente la Torá nos ordena mantener ese fuego encendido en nuestros corazones, no dejar que se apague, esto es un esfuerzo permanente. ¿Cómo mantenemos viva esa llama en nuestros corazones? Además de cumplir Mitzvot, es importantísimo mantenernos conectados con el judaísmo y con otros judíos. Estudiar Torá, escuchar una lección virtual, leer algún artículo en línea, etc. Todo eso es leña para el alma. Hoy más que nunca tenemos opciones infinitas a la mano, a un click.
Cuando nos alejamos de la comunidad, nos estamos desconectando del judaísmo, en el aislamiento espiritual nuestro fuego se apaga. Siempre es posible encender un nuevo fuego, pero el esfuerzo será doble o triple. Ya conocemos las consecuencias de cuándo el fuego se apaga: oscuridad y frío.
Cuando llega el invierno, esos períodos de prueba y angustia que aparecen cada tanto en nuestras vidas; un fuego encendido en nuestra alma es la mejor forma de reconfortarnos, de proveernos luz y calor en medio de tanta tiniebla. Velemos por que el fuego de la Torá arda siempre fuerte en nuestros corazones.
Shabat Shalom umevoraj
Rab. Sem. Dr. Yaakov Rodriguez
