Parashat Emor – Sustento ininterrumpido

(English translation below)

Una de las Mitzvot más importantes del ritual que se realizaba en el Mishkán y posteriormente en el Beit Hamikdash en Jerusalem, era la de colocar semanalmente el “Lejem Hapanim” o el Pan de la Proposición (como aparece en la mayoría de las traducciones). Estos eran doce panes, representando las doce tribus de Israel, que eran colocados todas las semanas antes de la entrada del Shabat, en una mesa de oro que se encontraba dentro del Heijal o lugar santo, en donde también estaban colocados la Menorá (candelabro de oro de siete brazos) y el Altar donde se ofrecía el Ketóret o sahumerio. Cada viernes por la tarde, cuando cambiaba el turno de Cohanim, estos doce panes eran cambiados por doce panes nuevos de manera que de forma ininterrumpida siempre debía haber panes servidos. Los panes tenían la forma de un receptáculo y se servían con Levoná, una especie de incienso aromático. Cada semana este pan era comido y compartido por todos los Cohanim y cuenta el Midrash que un milagro sucedía y el pan permanecía caliente y fresco durante toda la semana.

El Lejem Hapanim, que significa literalmente, el pan de los rostros o de la presencia, representaba el sustento ininterrumpido que Hashem provee todos los días y semanas a lo largo del año. Era una forma de recordar que nuestra parnasá no proviene de nuestro propio esfuerzo, como engañosamente solemos pensar, sino de Él. Nuestra parnasá ya ha sido dispuesta en una mesa para nosotros, nuestro trabajo y nuestro esfuerzo son básicamente el instrumento a través del cuál nosotros hacemos que esta misma baje y esté disponible para disfrutar de ella. Varias cosas podemos aprender acerca de cómo funciona la abundancia en nuestras vidas en las características de este ritual ancestral:

El pan tenía varias caras: de igual manera la Parnasá se puede manifestar en nuestras vidas de muy diversas maneras, y no debemos limitarnos o limitar a Dios sobre la forma en que la abundancia puede llegar a nuestras vidas, pues ya que no depende de nosotros, puede llegar de las formas más inusuales. Nuestra falta de fe nos hace pensar que solamente a través de nuestro esfuerzo, trabajo y talentos podremos obtener abundancia, sin embargo, esta puede llegar a nuestras vidas de formas inesperadas si nuestro propósito está alineado.

Era el pan de la presencia: Es necesario estar presente en nuestro propósito, para qué queremos Parnasá y abundancia. Cuando nuestro propósito es saciar nuestros deseos egoístas pueden pasar dos cosas, escasez o esa abundancia aparente nos puede destruir (que es otra forma de escasez) espiritualmente. Cuando nuestro propósito está alineado con la Presencia Divina, la parnasá es bendición.

Siempre había pan en la mesa: Cuando la parnasá está alineada con nuestro propósito divino es abundante e ininterrumpida.

Se comía con otros: Toda fuente de abundancia debe tener como objetivo principal el compartirla con otros. Entre más compartimos nuestra parnasá más se multiplica. La razón principal por la que se nos da, es para que nosotros mismos ejerzamos la capacidad de dar a otros y así podamos emular al Creador, este es nuestro propósito esencial en el mundo.

Todos estaban incluidos: Todo el pueblo de Israel estaba representado en los panes, a través de las doce tribus. Cuando pedimos por parnasá debemos pedir no solamente para nosotros, sino abundancia para el mundo entero. Cuando unos tienen y otros no, la parnasá es incompleta y defectuosa. Es por eso que en la Amidá cada vez que pedimos por sustento nuestros Jajamim redactaron el texto en forma plural. Debemos preocuparnos por todos, no solamente por nosotros.

Era un pan espiritual: La Levoná o incienso colocado en el pan representa su origen espiritual. Si bien el pan mismo es un elemento físico y material, que busca nutrir nuestro cuerpo, la verdadera parnasá es aquella que también nos nutre espiritualmente, y el judaísmo nos llama siempre a elevar el mundo físico a los niveles más altos de santidad. Comer el pan con la consciencia de su origen, no solo nos alimenta sino que también nos eleva espiritualmente.

No se corrompía ni se añejaba: Cuando la parnasá tiene todas las características anteriormente mencionadas, no hay forma de que se eche a perder, siempre conservará su capacidad de nutrirnos.

Era renovado cada Shabat: De esta manera nos conecta con el significado más profundo de lo que el Shabat representa, el origen de todo, la Creación. Reconocer que somos seres creados, que no nos hicimos a nosotros mismos y nuestras necesidades, despierta en nuestro corazón una de las virtudes más elevadas, la humildad. Es por eso que dicen nuestros sabios que el Shabat es la fuente de toda bendición. Quien es humilde y reconoce su dependencia del Creador tiene asegurada su porción en este mundo y en el venidero.

¡Que tengamos todos una Parnasá abundante!

Shabat Shalom umevoraj
Rab. Sem. Dr. Yaakov Rodríguez

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Uninterrupted Sustenance

One of the most important mitzvot of the ritual performed in the Mishkan and later in the Beit Hamikdash in Jerusalem was the weekly placement of the Lechem Hapanim, or the Showbread (as it appears in most translations). These were twelve loaves of bread, representing the twelve tribes of Israel, which were placed each week before the onset of Shabbat on a golden table located inside the Heichal, or Holy Place. There, alongside the table, stood the Menorah (seven-branched golden candelabrum) and the altar where the Ketoret (incense offering) was presented.
Every Friday afternoon, when the shift of the Kohanim changed, these twelve loaves were replaced with twelve fresh ones, ensuring that there was always bread placed on the table without interruption. The loaves were shaped like receptacles and were served with Levonah, a type of aromatic incense. Each week, the bread was eaten and shared among all the Kohanim, and the Midrash tells us that a miracle occurred: the bread remained warm and fresh throughout the week.
Lechem Hapanim, which literally means “the bread of faces” or “the bread of presence,” represents the uninterrupted sustenance that Hashem provides daily and weekly throughout the year. It served as a reminder that our parnasah (livelihood) does not come from our own efforts, as we often mistakenly believe, but from Him. Our parnasah has already been set on the table for us—our work and effort are merely the instruments through which it descends and becomes available for us to enjoy.
Several lessons about how abundance functions in our lives can be drawn from the characteristics of this ancient ritual:
The bread had many faces: Just as the parnasah can manifest in many different ways in our lives, we should not limit ourselves—or God—in how abundance may arrive. Since it does not depend solely on us, it can come through the most unusual means. Our lack of faith leads us to think that only through our effort, work, and talents can we achieve abundance. However, it can reach us unexpectedly if our purpose is aligned.

It was the bread of presence: We must be present in our purpose—why do we seek parnasah and abundance? If our goal is to satisfy selfish desires, two things can happen: either scarcity or an apparent abundance that ends up destroying us (which is another form of spiritual scarcity). When our purpose is aligned with the Divine Presence, parnasah becomes a blessing.

There was always bread on the table: When parnasah is aligned with our divine purpose, it is abundant and uninterrupted.

It was eaten with others: Every source of abundance must have as its primary goal to be shared with others. The more we share our parnasah, the more it multiplies. The main reason we receive it is so we can exercise our ability to give to others, thus emulating the Creator. This is our essential purpose in the world.

Everyone was included: All the people of Israel were represented in the bread, through the twelve tribes. When we ask for parnasah, we should not only pray for ourselves but for abundance for the entire world. When some have and others do not, parnasah is incomplete and flawed. That is why in the Amidah, whenever we ask for sustenance, our sages wrote the text in plural form. We must care for everyone, not just ourselves.

It was spiritual bread: The Levonah, or incense placed with the bread, represents its spiritual origin. While the bread itself is a physical and material element meant to nourish our bodies, true parnasah is that which also nourishes us spiritually. Judaism always calls us to elevate the physical world to the highest levels of holiness. Eating the bread with consciousness of its origin not only nourishes us but also elevates us spiritually.

It did not spoil or become stale: When parnasah has all the aforementioned characteristics, it cannot go bad—it always retains its capacity to nourish us.

It was renewed every Shabbat: In this way, it connects us to the deeper meaning of what Shabbat represents: the origin of everything—Creation. Recognizing that we are created beings, that we did not make ourselves or our needs, awakens one of the highest virtues in our hearts—humility. That is why our sages say that Shabbat is the source of all blessing. One who is humble and recognizes their dependence on the Creator is assured of their portion in this world and the next.

May we all have abundant parnasah!

Shabbat Shalom umevorach
Rab. Sem. Dr. Yaakov Rodríguez

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