Shabat Zajor y Purim

El Shabat previo a Purim es llamado “Shabat Zajor”, ya que nuestros Jajamim decretaron que además de la Parashá semanal, durante este día se debe leer también una porción especial del libro de Devarim que inicia con la frase “zajor-recuerda lo que te hizo Amalek”. En esta sección la Torá nos encomienda la Mitzvá de no olvidar lo que hizo Amalek y de también destruir y borrar su memoria.

Para recordar lo que nos hizo Amalek debemos ir unas parashiot atrás en el libro de Shemot. Recién los hijos de Israel salieron de Egipto, el pueblo amalekita, atacó por la retaguardia el campamento israelita, justo donde iban viajando los rezagados, los más débiles del pueblo. Los israelitas entonces tuvieron que librar su primer batalla militar y con mucha dificultad salieron victoriosos liderados por Yehoshúa, el pupilo de Moshé. Durante la batalla, mientras Moshé levantaba sus manos Am Israel prevalecía, pero si se cansaba y las bajaba los amalekitas dominaban. Como Moshé se cansaba, Aharón y Jur tenían que sostener sus brazos.

Este fue sin duda un episodio dramático, una difícil y agotadora batalla, estuvieron por un momento al borde de ser aniquilados recién estrenando su libertad. Pero surgen varias interrogantes de este capítulo histórico:

¿Qué razón tenía Amalek para atacar a Israel? No se acercaron en ningún momento a su territorio, tampoco formaba parte de las naciones que los judíos estaban destinados a conquistar, en resumen no representaban ninguna amenaza para ellos.

¿Porqué los israelitas no lograron vencerlos con facilidad y porqué fue necesaria una guerra? Los israelitas acaban de experimentar los más grandes milagros de la historia judía, las plagas, la apertura del mar, vieron como D’os luchaba por ellos contra los egipcios, el mayor imperio con el más preparado ejército sobre la tierra. Sin embargo, aquí D’os no actuó milagrosamente, ellos tuvieron que pelear para ganar y ni siquiera les fue fácil.

¿Porqué D’os mismo no castigó o exterminó a Amalek por Sí mismo? En cambio nos ordenó hacerlo nosotros, dos veces en la Torá, una cuando recién terminó la batalla y otra cuarenta años después, a las vísperas de entrar a Éretz Israel.

¿Porqué sólo Amalek… y los egipcios?
Durante 210 años los egipcios nos esclavizaron y masacraron, y no se nos ordenó borrar su memoria, incluso un descendiente egipcio eventualmente podría convertirse al judaísmo y ser parte de Am Israel, mientras que los amalekitas se ganaron este decreto por un único intento de dañarnos. Es más, la mitzvá de “Zajor” suena contradictoria, por un lado nos ordena “recordar” y enfatiza con “no olvidar” a Amalek, y luego nos pide “borrar su recuerdo”.

Analicemos primero quién era Amalek. Este pueblo era una de las tribus que descendían directamente de Esav, así es, el hermano gemelo malvado de Yaakov Avinu, a quien le vendió la primogenitura por un plato de lentejas y a quien más tarde buscaría matar por haberle quitado la bendición de su padre Yitzjak. La Torá nos cuenta que una aparente reconciliación se dio entre Yaakov y Esav, pero ahora es evidente que ese odio perduró con los años a través de sus descendientes. Así que, el motor de Amalek para aniquilar a los judíos, no fue otro que el odio, uno generacional y profundamente arraigado. Con la esclavitud egipcia, los hijos de Esav vieron el ocaso de la familia de Yaakov y el fracaso de la bendición de su primogenitura, con su milagrosa liberación vieron el renacimiento de esa promesa y no pudieron soportarlo.

Para la Kabalah existe un significado más profundo en este episodio. En hebreo, la guematria de la palabra Amalek עמלק tiene el mismo valor numérico (240) que la palabra Safek ספק que significa “DUDA”. Amalek por tanto representa la duda, la falta de fe. Por el contrario, Moshé representa la fe, la Torá; cuando sus brazos están arriba, cuando nuestra fe es fuerte y nuestro estudio y observancia de Torá está como
Moshé, sentado sobre la colina, en el “top” de nuestras prioridades, le ganamos la batalla a la duda, al desánimo y a la depresión y el fracaso al que nos conduce al final; pero cuando nuestra fe flaquea y olvidamos nuestra razón de ser como judíos, nuestros brazos están cansados y caídos y Amalek gana su batalla. No es fácil tener los brazos siempre arriba, uno se cansa y eventualmente no podrá sostenerlos arriba, por eso, al igual que Moshé, necesitamos de otras personas que nos ayuden a mantenerlos levantados. El judaísmo no funciona en solitario, fue diseñado para contar con el apoyo y la contención de una comunidad, necesitamos de los otros para estar firmes, sino Amalek nos destruye.

El Midrash explica que en la retaguardia del campamento iban los rezagados, las personas débiles, que eran aquellas que constantemente murmuraban y se quejaban por todo. La negatividad había mermado sus fuerzas y por eso iban atrás. A estos fue a quienes Amalek pudo atacar, y no a aquellos que caminaban adentro de las Ananei Kavod (nubes de gloria). Cuando no tenemos fe, vemos sólo el punto negro y nos quejamos de lo que no tenemos, con la incapacidad de agradecer por lo que sí, y entonces somos terreno fértil para la falta de fe. Empezamos a cuestionar, perdemos la capacidad de ver más allá de lo físico, seguidamente perdemos la fe en D’os, en los demás o en nosotros mismos. Seguido de eso viene el objetivo final de Amalek, destruirnos. Nos puede destruir de tantas formas posibles: depresión, vicios, rencores y violencia, aislamiento y desconexión, etcétera; pero todo inicia con una “duda”.

Pero, ¿qué tiene que ver esta historia con Purim? Hamán el malvado, el personaje que en la historia de Purim trató de aniquilar a través de un genocidio de proporciones catastróficas a todos los judíos durante el imperio persa, era un descendiente de Amalek. Nuevamente en esta historia como con la primera, no hay ningún milagro evidente, el nombre de D’os ni siquiera aparece en la Meguilá. Ester, Mordejai y todos los judíos tuvieron que actuar: planear, interceder, ayunar y al final también luchar por sus vidas. Así se dio la victoria y lo que iba a ser un día de muerte y luto, se convirtió en uno de vida y alegría.

Un mensaje nos queda claro, la batalla contra la duda y la falta de fe nos toca librarla a nosotros. El milagro no va a ser evidente, estará escondido detrás de nuestro esfuerzo, dependerá del lugar de nuestras prioridades.

Purim representa la transformación, la capacidad de convertir el plano físico y elevarlo al espiritual. Es por eso que en esta fiesta y durante todo el mes de Adar nos alegramos, comemos, bebemos, nos disfrazamos y bailamos, compartimos con otros nuestras bendiciones. Celebramos la victoria sobre la duda de Amalek.

A nivel colectivo, Amalek también representa el espíritu que mueve en cada generación a alguna nación a querer destruirnos. Ha cambiado de forma, vestimenta, de discurso y de nombre; judeofobia, antisemitismo o antisionismo, pero es el mismo enemigo con el mismo objetivo: aniquilarnos.

Este Shabat Zajor al ponernos de pie y escuchar ese texto milenario que nos ordena “recordar” “no olvidar” y al mismo tiempo “borrar el recuerdo de Amalek”, debemos pensar que no podemos dejar de estar conscientes de lo que la duda, la falta de fe y la desconexión pueden llegar a hacernos, pero debemos eliminar y borrar al mismo tiempo todo pensamiento destructivo que nos pueda llevar de vuelta allí. Este Purim, al leer la Meguilá y al abuchear el nombre de Hamán cada vez que este aparece, vamos a burlarnos de todo aquello y todos aquellos que nos quieren destruir, y decirles a través de nuestra alegría, que vinimos para quedarnos y triunfar. Am Israel Jay!

Purim Sameaj!
Rab. Sem. Dr. Yaakov Rodriguez

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